Precio del aceite de oliva: cómo afectan las importaciones al agricultor

El precio del aceite de oliva vuelve a situarse en el centro del debate. Después de varios años de fuertes oscilaciones, las cotizaciones en origen han descendido a medida que se recuperaba la producción. Para el consumidor, una bajada de precios puede parecer una buena noticia. Para el agricultor, sin embargo, la realidad es mucho más compleja.

Producir aceite de oliva exige asumir costes durante todo el año: poda, fertilización, tratamientos, riego, maquinaria, mano de obra y recolección. Y todos esos gastos deben afrontarse mucho antes de conocer el precio al que finalmente se venderá la producción.

Por eso, el verdadero problema no es únicamente que el precio baje. El problema es la incertidumbre y la posibilidad de que el precio de venta deje de compensar los costes de producción.

Y en este escenario hay una cuestión que merece ser analizada: ¿qué papel desempeñan las importaciones de aceite de oliva procedentes de terceros países?

Más oferta, mayor presión sobre el precio

El mercado del aceite de oliva es internacional. España y el resto de la Unión Europea compiten con grandes productores como Túnez, Turquía, Marruecos o Egipto.

Las importaciones cumplen una función dentro del mercado europeo. Pueden complementar la producción comunitaria, garantizar el abastecimiento y responder a la demanda cuando la producción europea es insuficiente.

Pero existe también un efecto económico evidente: el aceite importado aumenta la oferta disponible para los compradores europeos.

Cuando la producción comunitaria es elevada y, al mismo tiempo, existe una importante oferta procedente de terceros países, los compradores disponen de más alternativas para abastecerse.

Esto no significa que una determinada importación provoque automáticamente una determinada caída del precio. El precio depende también de la producción, las existencias, el consumo, las exportaciones, la climatología y la evolución del mercado internacional.

Pero sí existe un principio económico básico:

Cuando la oferta aumenta más rápidamente que la demanda, aumenta la presión sobre los precios.

Y quien tiene menos capacidad para absorber esa presión es precisamente el primer eslabón de la cadena: el agricultor.

El agricultor no puede bajar sus costes al mismo ritmo que baja el aceite

Aquí está una de las principales contradicciones del mercado.

El precio del aceite puede cambiar rápidamente, pero un olivar no puede adaptarse de la misma manera.

El agricultor no puede decidir hoy reducir a la mitad los costes de su explotación porque el mercado haya bajado.

Tiene que mantener el cultivo, cuidar los árboles y realizar la recolección.

Además, no todos los olivares tienen los mismos costes.

Un olivar intensivo y altamente mecanizado puede producir con unos costes muy diferentes a los de un olivar tradicional de secano situado en una zona de pendiente.

Según los estudios de costes de AEMO, las diferencias entre ambos modelos pueden ser muy importantes.

Esto significa que un mismo precio de mercado no tiene las mismas consecuencias para todos los productores.

Para una explotación muy mecanizada, una determinada cotización puede resultar sostenible.

Para un olivar tradicional con mayores costes, esa misma cotización puede significar una rentabilidad mínima o incluso pérdidas.

Y aquí aparece una cuestión que va más allá de la economía del agricultor.

¿Qué ocurre si el olivar deja de ser rentable?

El olivar es un cultivo permanente. No estamos hablando de una actividad que pueda ponerse en marcha o detenerse de un año para otro.

Cuando una explotación deja de ser rentable durante un periodo prolongado, el agricultor puede reducir inversiones, aplazar mejoras, abandonar determinadas labores o, en último extremo, abandonar el cultivo.

Esto resulta especialmente preocupante en zonas rurales donde el olivar constituye una parte esencial de la actividad económica.

En Andalucía, y especialmente en muchas zonas de Jaén, Córdoba, Sevilla o Granada, hablar del futuro del olivar significa hablar también del futuro económico de numerosos municipios.

Un olivar que deja de ser rentable no desaparece solamente de una cuenta de resultados.

Puede afectar al empleo, a las cooperativas, a las almazaras, a los servicios agrícolas y, en definitiva, al tejido económico rural.

Por eso, la discusión sobre el precio del aceite de oliva debería incorporar una pregunta más importante:

¿Qué precio necesita el productor para que el olivar siga siendo viable?

¿Qué significa realmente comprar aceite de nuestra tierra?

En un mercado cada vez más globalizado, el origen puede convertirse en un elemento diferenciador.

Comprar un aceite producido con aceituna española significa que el agricultor que ha cultivado esos olivos forma parte de la misma cadena económica que el consumidor.

Cuando además el aceite se produce y envasa en la propia zona, se genera una cadena de valor local que puede beneficiar a agricultores, almazaras, trabajadores, transportistas y pequeñas empresas.

Por eso, el origen no debería ser una cuestión secundaria.

“100 % aceite de nuestra tierra” no es solamente una frase comercial. Puede representar una decisión sobre qué modelo productivo queremos mantener.

El consumidor tiene derecho a elegir un aceite por su precio, pero también debería poder elegirlo por su origen.

Y para poder hacerlo necesita información clara, transparente y fácilmente identificable en el etiquetado.

¿Compiten en igualdad de condiciones los productores europeos y extracomunitarios?

Los agricultores europeos están sometidos a un amplio conjunto de requisitos medioambientales, burocráticos, laborales, fitosanitarios y de trazabilidad.

Los productores de terceros países pueden trabajar con marcos regulatorios diferentes y estructuras de costes diferentes.

Cuando ambos productos compiten en el mismo mercado, estas diferencias pueden tener consecuencias económicas.

Por eso, el debate no debería plantearse únicamente en términos de abrir o cerrar fronteras.

La pregunta es:

¿Cómo garantizar una competencia equilibrada cuando los productores están sometidos a condiciones de producción diferentes? ¿Y el consumidor?

El consumidor también debe ocupar un lugar central en este debate.

Es evidente que un precio más bajo beneficia al consumidor a corto plazo. Pero el precio no es el único elemento que importa.

También importan la calidad, el origen, la trazabilidad y las condiciones de producción. En otras palabras, el consumidor debería de reclamar más transparencia, poder conocer claramente el origen del aceite que está comprando.

Porque comprar aceite español, europeo o procedente de un tercer país no es necesariamente lo mismo desde el punto de vista económico, territorial y productivo.

La información permite que sea el consumidor quien decida.

¿Qué podemos hacer para conseguir un mercado más estable?

No existe una solución única, pero sí varias líneas de actuación.

Más transparencia sobre las importaciones. Conocer el volumen, origen y características del aceite que entra en el mercado permite entender mejor la evolución de la oferta.

Mayor trazabilidad. El consumidor y los operadores deben poder conocer el recorrido del aceite desde su origen hasta el punto de venta.

Mecanismos frente a situaciones excepcionales. Los mercados agrícolas están expuestos a sequías, exceso de producción y fuertes oscilaciones. Disponer de herramientas de gestión de crisis puede ayudar a evitar situaciones que pongan en riesgo la continuidad de las explotaciones.

Promoción del consumo. El aceite de oliva compite en un mercado internacional con otros aceites vegetales. Aumentar el consumo en nuevos mercados puede contribuir a absorber una mayor producción.

Conclusión: estabilidad y rentabilidad para garantizar el futuro del olivar

El debate sobre el precio del aceite de oliva no puede reducirse a una cuestión de cuánto paga el consumidor en el supermercado.

Detrás de cada litro existe una cadena productiva y, en el primer eslabón, un agricultor que ha tenido que asumir durante todo el año los costes y riesgos de producirlo.

Las importaciones forman parte de un mercado global y pueden cumplir una función importante para garantizar el abastecimiento y equilibrar la oferta. Pero una política comercial abierta también debe analizar sus efectos sobre los productores europeos, especialmente cuando coinciden con campañas de elevada producción y precios descendentes.

El objetivo no debería ser enfrentar al consumidor con el agricultor.

Ambos forman parte del mismo sistema.

Un consumidor necesita precios razonables, calidad, seguridad y transparencia. Un agricultor necesita obtener una remuneración suficiente para cubrir sus costes y mantener su explotación.

Y el territorio necesita que el olivar siga siendo económicamente viable.

Porque un olivar que deja de ser rentable no desaparece únicamente de una cuenta de resultados. Puede desaparecer del paisaje, de los pueblos y de la economía rural.

Por eso, hablar de estabilidad y rentabilidad del aceite de oliva es hablar también del futuro del olivar.

El reto consiste en encontrar un equilibrio entre comercio internacional, competencia, protección del consumidor y viabilidad de las explotaciones agrícolas.

Y ese equilibrio debería partir de una premisa sencilla: el precio del aceite de oliva debe permitir que quien lo produce pueda seguir produciéndolo de forma sostenible.

Un consumidor necesita precios razonables, calidad, seguridad y transparencia. Un agricultor necesita obtener una remuneración suficiente para cubrir sus costes y mantener su explotación.
Y el territorio necesita que el olivar siga siendo económicamente viable.